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Operativo Porsche Peaks – El perno asesino

En Estilo de vida | Jueves, 24 de Noviembre 2016

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Mi hermano insistía en decirme que no fuera solo a un viaje tan largo. Le hice caso y entendí claramente la razón poco después de completar los primeros 1,000 kilómetros. 
 

Por Manuel Fernández Fotos: José Luis Ruiz, MF

 

En esta serie de notas contaremos todo eso que, por simple falta de espacio, no se pudo plasmar en los tres artículos que iremos publicando acerca de este operativo en nuestro impreso (AP 263, 264 y 265).

 

Los primeros días después de salir desde Vancouver parecían predestinados para elevar los niveles de estrés en lo que inicialmente era un plan bastante gratificante: manejar por una cantidad casi enferma de kilómetros uno de los mejores SUVs del mercado actual.

 

Y es que después de una renovación de seguro intempestiva y un cambio de aceite olvidado, lo que nos quitó toda la mañana y casi la totalidad de la tarde de la primera jornada, ya habíamos descansado después de tener que compensar haciendo kilómetros hasta la madrugada.

 

El frío ya hacía su entrada triunfal con solo bajarse al baño o a llenar el tanque de gasolina, lo segundo mucho más frecuente que lo primero dada la inevitable y natural sed del V8 de casi 600 caballos. No así la nieve, que parecía todavía lejana, por lo que su ausencia nos permitía todavía buenos ritmos de velocidad y cubrir grandes distancias con mucha tranquilidad, pues al final se va en una camioneta con todas las comodidades del caso, con asientos de múltiples ajustes para adaptarse a cualquier capricho, una insonorización a prueba de casi todo salvo el permanente bramido del motor de fondo o una suspensión neumática que trata de tragarse todo lo que las ruedas pisan.

 

 

Sin contratiempos y con hermosos paisajes fluyó el recorrido después de 100 Mile House (donde dormimos en un motel de 40 dólares con camas mejores a las de hoteles de 180), 150 Mile House (así se llamaban estos pueblos) y pasando Prince George, una de las últimas ciudades principales antes de perdernos en lo más remoto de British Columbia.

 

Seguíamos con juicio el camino rumbo a la población de Smithers hasta que, en una de las ya frecuentes vías de cuatro carriles sin separador, un tremendo estruendo rompió con la agradecida monotonía de tan bonitas vistas y tan buen clima, estruendo que se dio inmediatamente después del paso de un camión de leña circulando en el sentido opuesto.

 

 

Fragmentos de minúsculos cristales volaron por todas partes y este conductor que les escribe siguió manejando como si nada, no sin antes pronunciar unas cuantas palabrotas junto a José Luis, el fotógrafo. Tratando de mantener la cabeza fría y después de cerciorarnos que no había nadie herido más allá de las leves cortaduras del brazo izquierdo de su servidor, vimos que en medio de las grietas del ya estrenado parabrisas había un hoyo y de este, el laminado plástico del vidrio colgando (normal en los parabrisas, aunque también presente en los vidrios laterales delanteros en varios autos premium, como la Cayenne).

 

Lo primero que se pasó por la cabeza fue que pudo ser un balazo, pero en medio de Canadá no parecía muy probable que alguien quisiera atacar a dos anónimos espontáneamente, y tampoco veíamos el orificio de salida. La segunda posibilidad: una piedra. Pero no se veían pedazos regados de la supuesta piedra.

 

Paramos en la siguiente estación de gasolina y al poner la palanca en Parking, ahí vimos el culpable. En medio yacía un tremendo perno metálico de unos cinco centímetros de largo por tres de ancho que logró atravesar el cristal, pero el impacto le quitó toda la energía al tosco proyectil y en vez de seguir hasta atrás, aterrizó en la consola del medio. El perno estaba incompleto y la teoría más lógica fue que era uno de los soportes para las cuerdas que sostienen los troncos en el camión. Al ceder y romperse, salió cual bala con la mala suerte de pegarnos a nosotros... o la buena suerte, porque no queremos imaginar qué hubiera sido de un motociclista de haberle ocurrido lo mismo.

 

Las heridas de guerra eran las mencionadas micro cortaduras del brazo y muchos cristales desperdigados en la alfombra y la bonita piel sobre el tablero, esos que no quitamos hasta que se cambió el parabrisas al final de nuestro viaje. ¿Por qué? Lo hicimos porque era la coartada perfecta por si alguna autoridad nos detenía debido al parabrisas roto, bastaba con decir que “nos acababa de ocurrir” y así nos evitábamos una posible multa... o un problema en alguna frontera. Y claro, también guardamos en la guantera al proyectil, que se convirtió en nuestro nuevo compañero de viaje.

 

 

¿Qué hicimos mientras tanto? Un poco de duct tape aquí y allá y como si nada. El sello perfecto que no tuvimos que cambiar ni una sola vez en más de 8,000 kilómetros.

 

Así, este incidente fue el que me recordó por qué mi hermano insistía tanto en que no hiciera este trayecto solo (era parte de un plan inicial y esa parte del recorrido al final la hizo el ingeniero Samperio, pero acompañado). ¿Y si el perno hubiera causado una herida mientras conducía y me hubiera impedido mantener el control? ¿Y si hubiera quedado inconsciente? ¿Y si dicha herida hubiera ocurrido en un lugar más alejado de un hospital? ¿Y cómo habría hecho para seguir manejando? Hay decenas de posibles situaciones que, menos mal, no se dieron.

 

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